20 de abril de 2014

Dominical effect

El presente post lo voy a dedicar al impacto del domingo en nuestras absurdas vidas. 

Hace algún tiempo, los seres humanos y yo decidimos dividir el tiempo en años (acordes al ciclo solar), estaciones y semanas. Las semanas y su duración de siete días surgieron del tiempo que se da entre una fase lunar y la siguiente. 

Y digo yo, ¿a quién le importa esto? Estoy segura de que a pocos pero hoy no podréis decir que os habéis acostado sin saber una cosa nueva. Además seguro que podéis sorprender con estos conocimientos a vuestro perro o a algún drogata.



El caso es que, no sé si por el ocaso de las fases lunares o por la resaca del día anterior, los domingos se han convertido en un día de la semana especial. 

Los franceses, o más bien los parisinos, no hacen absolutamente nada los domingos. Ni siquiera están dispuestos a corregir tus rudas maneras de preguntarle a un conductor de autobús por un lugar sin haber mencionado antes que le deseas una buena noche, un billete de lotería premiado y una larga y placentera sesión de sexo cuando llegue a casa. Estas son, amigos, las malditas formules de politesse o salutations para nuestros vecinos los anglófonos.

Odio generalizar pero los españoles adoran los domingos. Y con españoles me refiero a algunos de mis amigos españoles y a mí, que somos una muestra para nada biased y absolutamente representativa de los casi cincuenta millones de españoles por el mundo. 

Pero en serio, me encantan los domingos cuando no hay nada que hacer. Ir a pasear, tomar un café (o tres), despejar la mente o mantener apasionadas conversaciones sobre cultura y mundo o sobre la forma de las nubes y la resistencia de las adelfas de Manuel Becerra.



Todo un placer de placeres, la verdad.



1 comentario:

  1. Las adelfas, en su edad puber, leyeron "100 años de soledad" y son eternas como el libro. ¿que digo? ahora que todos son parabienes. Inculta.
    La Anónima.

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