25 de noviembre de 2015

No soy yo; eres tú, España.

A consecuencia de la crisis que arrecia profundamente mi querida España, me encuentro a menudo con las típicas entradas sobre aquellos jóvenes que hemos tirado la casa por la ventana para buscar nuevas oportunidades fuera de nuestro país de origen.

Ya sabes, me refiero a la historia de los miles de españoles diplomados/licenciados/graduados (o no) que se vieron obligados a abandonar el país en el que crecieron. ¿Recuerdas aquella experiencia de la enfermera que se fue a Londres para acabar limpiando las mesas del comedor de un convento? ¿Y qué fue de aquel pobre ingeniero de energías que terminó por servir cervezas en un tourist trap de Munich? Increíble, ¿cierto? Muchos de ellos, sobrecualificados se escucha, dedican su tiempo y energía a "tirar pa'lante".

Como digo, muchos de ellos se van con lo puesto. Otros tantos, cuentan con los ahorros de los padres indulgentes que tratan de comprender lo cambiado que está el mundo y las secuelas que sufren las generaciones que les sucederán. Los padres de emigrantes miran a sus hijos con un brillo especial en los ojos, deseando que crezcan y que aprendan a convertirse en adultos independientes en unos pocos meses (o semanas, si es posible). Otro de los sectores entre los emigrantes españoles tiene la suerte de partir con un contrato bajo el brazo; y otros simplemente se atreven a integrarse en una cultura diferente porque pueden hacerlo, en lo referido a su economía.

Mi caso es difícilmente clasificable. La cuestión es que hoy estoy aquí, como hace un par de años y como lo seguiré estando dentro de otro par, y he tenido el tiempo suficiente como para observar algunos de los aspectos de esta etapa.

Hace un par de días mi madre me pasó un artículo de El Confidencial, escrito por Daniel Lacalle: lo tienes aquí por si te pica la curiosidad. Lo primero que pensé fue: "joder, tiene razón". De hecho, este post lleva un mes más o menos en borradores, esperando a que lo termine y hoy por fin he encontrado el momento y las ganas. (Escribir por escribir puede resultar en una puta mierda, créelo).

El caso es que después seguí leyendo y deje de estar tan de acuerdo. La sugerencia casi explícita del artículo sobre la posibilidad de reducir la cantidad de universitarios o de carreras "inútiles" en España, bajo mi criterio, ni está en lo cierto ni es realista. A ver quién es el listo que le recomienda a su hijo que mejor estudie algo que le procure un cuadro medio en vez de un cargo de dirección.

Además, cualquier carrera puede redirigirse o especializarse. La versatilidad de perfiles dentro del mismo equipo es hermosa, útil y necesaria. Por ejemplo, en este máster estoy conociendo un montón de estudiantes con perfiles académicos completamente diferentes. Sí, sí; atiende: en mi clase se juntan antropólogos, arquitectos, politólogos, historiadores, científicos y publicistas. ¿Te lo imaginas?

Algunos de ellos con carreras de esas fáciles e inútiles (me siento incluida en esta categoría) y otros con carreras que les procurarán un espléndido futuro, de acuerdo a Daniel Lacalle. Y, believe me, todos hemos acabado aquí y todos seremos (espero) MAs en Corporate Communications el año que viene (es la mejor decisión que podría haber tomado, con todo lo que me costó decidirme). En parte resulta que estoy enamorada de la experiencia internacional, que engancha: cuanto más conoces, más quieres conocer.

Por eso, lo que sí que veo un punto en el escrito del señor Lacalle, pienso que los españoles necesitábamos largarnos a conocer el mundo por voluntad propia. Y esto no ha pasado nunca en nuestro país. Quiero decir, que por lo general en España los estudiantes no salían nunca al extranjero para conocer el mundo. Los que se marchaban eran españoles emigrantes en busca de una vida mejor y/o exiliados de la dictadura franquista. Es decir, los españoles salían por obligación, porque la situación lo exigía.

Ahora con el tema de la crisis, y gracias a los medios, vemos que algunos se van también. A través de "Españoles por el mundo" o de "Madrileños por el mundo" observábamos, desde la comodidad de los sofás de nuestras casas, a otros españoles en el extranjero. Parece que cuando no hay una razón de peso, se da una nula movilidad entre mis compatriotas, que prefieren permanecer en su zona de confort. A este respecto, afirma el autor de la reflexión: "No es positivo que un joven de menos de veintitrés años espere que toda su vida se mueva entorno al mismo círculo territorial, familiar y de relaciones personales y laborales" y he de reconocer que estoy completamente de acuerdo.

Por otro lado, comparto también que el sistema educativo de España es ridículo en cuando a la técnica de la memoria. La memoria no sirve para ponernos a prueba, la memoria no testa nuestra capacidad de reacción. ¿No sería más útil adquirir una perspectiva crítica y entrenarnos para razonar? Obviamente no.

El caso es que, como no parece que esto vaya a cambiar en un corto o medio plazo, qué coño; vámonos al extranjero. La cuestión es que, encima, el estado nos lo pone bien difícil porque, ¿acaso conoces alguna beca o ayuda del gobierno español para estudiar fuera (superior a los pocos euros que rebimos por el Erasmus)? Porque yo no. No sé, lo mismo es que tengo mala suerte pero lo único que encontré cuando vine aquí fueron becas o créditos de diferentes entidades privadas. ¿Sabéis las valiosas becas que otros estudiantes internacionales reciben? ¿Sabéis que muchos de ellos provienen de países en peor situación económica que la de España? Aún así, por lo menos yo he querido soñar grande y me he ido de todos modos.

¿Pero quién abandonó antes? 
No soy yo; eres tú, España.


17 de septiembre de 2015

Aterrizaje forzoso en París

¡Cuánto tiempo! Espero que esta sea la última vez que empiezo una entrada con la misma expresión. 

Esta vez tengo una buena excusa, te lo prometo. Resulta que he venido hasta París y, por lo que parece, voy a quedarme aquí por un tiempo (dos años al menos) Y -seguro que te lo he contado alguna vez- ya sabes lo jodido que es instalarse en esta maldita ciudad. Pero no voy a empezar por ahí. De hecho, esta vez mi travesía comenzó en Madrid poco antes de volar hacia aquí y un día antes de la apertura de curso.

¿Te imaginas que tienes que meter toda tu vida en una maleta y media? Sí, sí: pijama(s); camisetas; libros; apuntes; zapatos; los cadáveres que acumulas en el canapé de la cama; braguitas; lápices; maquillaje; comida al vacío (porque sí, obviamente me quería traer un buen repertorio de productos españoles antes de abandonar el país); etc. En fin, esa infinita lista de cosas. 

Además, seguro que también has pasado por ese momento previo a un viaje, cuando caes en la cuenta de que te has olvidado la plancha de pelo, el peine o yo qué sé. Pues eso mismo me pasó a mí en la cola hacia los mostradores de facturación aproximadamente media hora antes de que estos cerrasen. Pero no, no me había olvidado de un yo qué sé: me había dejado el puto DNI en casa -y no, tampoco llevaba encima el pasaporte. Puedes imaginar mi reacción al borde del suicidio o del harakiri, rodeada de maletas y con el billete en la mano. El caso es que mi bella madre fue capaz de volver a casa en tiempo récord para buscar mi DNI (que, cómo no, estaba en el escáner porque los franceses se excitan con los malditos papeles) y traérmelo, tan sólo ocho minutos antes de que cerrasen el chiringuito. Genial, ¿a que sí?

El caso es que nuestro avión, que en teoría debía despegar a las 20:40, iba a demorarse unos veinte minutos; así que no llegábamos tarde a la fase de embarque. De hecho, no nos sobró ni media hora ni una entera en la cola. Nos sobraron las cuatro horas de retraso que sufrió el trayecto y, por sobrar, también nos sobró el llegar a las cinco de la mañana a París y algo más tarde a la casa de los compasivos ángeles de la guarda amigos que nos acogían esa noche -ya que nuestro estudio nos lo daban el día siguiente. 

¿Recuerdas que volábamos un día antes de empezar las clases? Sí, ¿verdad? Pues verás: mis lunes empiezan a las 10:00 y terminan a las 21:15 y, como nuestros ángeles de la guarda amigos debían irse a sus respectivos trabajos, tuvimos que dejar su piso a las 8:00. No resulta difícil concluir que aquella noche dormimos poco más de dos horas, aunque nos quedaba el consuelo de llegar a nuestro ínfimo apartamento para... ¿descansar?

Imagino que para muchos el término "descansar" comprende una serie de características: sentarse, recuperar energía, comer, utilizar el baño libremen... ¿qué? Pues va a ser que no. Llegué a casa sobre las 22:00 -y sí, me meaba-, así que pensé que era el momento oportuno para estrenar nuestra caja con forma de baño. Pero la sorpresa llegó cuando fui a tirar de la cadena y... ¿qué? ¿Por qué no se oye nada? ¡Ah, que no funciona! Magnífico. Ideal. Conmovedor. Sobre todo porque esta situación se alargó un par de días y, claro, el tránsito intestinal integra determinados procesos -ya sabes- y sigue su curso o no.

La cuestión es que tuve que plantearme una solución provisional para este contratiempo y para ello hice uso del Starbucks que hay a cinco minutos de casa. No es que el Starbucks estuviera ahí para mí, sino que yo estaba ahí para él. Es decir, que aprendí a programar cualquier uso que pudiese hacer de él: unas veces descargaba archivos desde su router; otras veces eran otras cosas las que descargaba desde su aseo. Por su parte, también McDonald's fue una alternativa para dicho primer uso, aunque no para el segundo -ya me entiendes.

Pero esta autorregulación vital no fue la única complicación a la que nos enfrentamos. Por ejemplo, podríamos decir que nuestro estudio es esencialmente una cueva: se encuentra en el interior del edificio -por lo que no entra mucha luz- pero además no llega la cobertura, por lo que estábamos absolutamente incomunicados las primeras semanas. Lo bueno es que nunca llueve. Nunca llueve porque la lluvia no llega a nuestras ventanas. Es decir, tan sólo somos capaces de apreciarlo cuando diluvia torrencialmente en el mundo real. Romántico, ¿a que sí? En los siguientes posts lo sabrás.

Por otra parte, dormimos durante días tapándonos con los abrigos de invierno porque las sábanas estaban ya puestas cuando llegamos y no teníamos tiempo de hacer la colada -y porque nos daba cosa posar nuestros sofisticados glúteos sobre la cama y nos tumbábamos sobre el nórdico limpito.

Pero eh, no todo fue un desastre. La verdad es que, al menos esta vez, no tengo que subir las putas escaleras de cinco pisos y medio porque vivimos en el primero. Ah, no te dejes engañar: el apartamento es súper funcional y la verdad es que lo tenemos bastante cuqui gracias a algúnas técnicas ornamentales de bajo presupuesto.

En definitiva, fue todo algo precipitado pero ahora hemos cogido carrerilla y vamos mejorando (incluso le hemos sacado una cafetera y otras cosas a la casera).



¿Quieres seguir descubriendo las historias que París promete?
Keep on following Putas escaleras!


























29 de julio de 2015

El fin de mi etapa universitaria en España



Seguramente has entrado en este post porque eres un cotilla este es también para ti un tiempo de cambio o porque es verano y te aburres como una ostra tostándote bajo el sol. En mi caso, el presente estío supone el fin de mi paso por la Universidad Carlos III de Madrid y por las aulas en las que se suelen impartir las asignaturas de Ciencia Política y Sociología.

Después de cinco años y desde la terraza del hotel, resulta difícil dar con la definición perfecta de cada fase de una sólida, aunque fugaz, trayectoria universitaria que acabará por terminar en París (¡lo decidí en una semana!). Además, este último ha sido el más estresante pero también fructífero cuatrimestre de mi vida académica y creo que lo he olvidado todo desde que entregué el último tedioso Trabajo de Fin de Grado.

Lo que importa es que, después de superar más de trescientos créditos sobre materias que aborrezco, parece que he encontrado mi motivación vital. La realidad es que me ha costado bastante dar con ello pero al final me he graduado doblemente mientras tanto, ya ves. Tampoco me arrepiento, oye. En verdad pienso que, de todas, mi carrera es versátil y una risa no de las más difíciles, lo que permite que sea fácilmente reconducida y compaginada con otras actividades. Este Doble Grado es funcional, si se tiene en cuenta que desde pequeña, cuando pretendía ser psicóloga de perros, nunca he tenido una vocación estable (es decir, un interés que perdure dos meses al menos por alguna profesión en concreto).

De hecho, he tratado de dar de mí lo máximo este año académico. Este último curso dije “coño, voy a rentabilizar mi tiempo” y estudié cosas nuevas para superar retos nuevos y conseguir objetivos nuevos. He reído y llorado simultáneamente en casa, en el trabajo y en la facultad. ¿Te acuerdas del día que el PIC me hizo llorar? Mi último semestre podría ser la culminación de una intensa competición conmigo misma. ¿Y sabes qué? He ganado. He salido de mi zona de confort y lo he logrado; me he superado a mí misma. 

Bien podría decir que “he pasado al siguiente nivel" y que "ahora viene lo mejor”. Ciertamente, se trata de una cuestión altamente cíclica y subjetiva, ya lo verás. Por eso, ya adelanto que este no constituye mi último auto-desafío. Dentro de un mes y durante los dos próximos años seguiré compitiendo en París (ya sabes, largarse al extranjero o morir en el intento), a ver qué sale. 

Por lo menos, la tonificación de mis glúteos y piernas tiene consigo las de ganar... ¡Putas escaleras (parisinas)!



29 de marzo de 2015

La suerte... ¿cambia?

Buenas de nuevo, tras más de un mes sin publicar ni una miguita.

Hoy vengo a contar cosas optimistas porque me han insinuado que últimamente sólo me dedicaba a quejarme así que os traigo un post renovado

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He estado haciendo un montón de cosas durante este tiempo. Entre ellas, he tratado de reunir la documentación para diferentes becas que estoy solicitando con el fin de estudiar en Sciences Po París, donde me han admitido para el Master in Communications. Mi perspectiva pragmática no cuenta con lograr ningún tipo de ayuda económica (si al final resulta ser lo contrario estaré bien agradecida, claro está), así que me está costando bastante valorar si merece la pena la inversión de estudiar dos años más en la ciudad francesa sin ningún tipo de subvención. ¿Qué dilema, no?


A propósito, ¿creéis en la suerte? Yo no, aunque haya querido tunear el título para atraer vuestra atención. Yo creo que en gran parte somos nosotros mismos los que nos procuramos una suerte u otra. Suerte podría llamar al conjunto de variables infinitas más o menos fuera de nuestro alcance pero creo que este cúmulo es bastante más limitado de lo que solemos pensar. 

¿Habéis leído Los 88 peldaños del éxito de Anxo Pérez? ¿Lo conocéis, os suena al menos? Bueno, como estoy casi segura de que la respuesta es negativa, trataré de escribir próximamente una entrada sobre el libro y sobre los aspectos más destacables del mismo. Pero para que tengáis una idea general, el éxito depende en gran parte de lo que nosotros hacemos cada día, o eso es lo que Anxo defiende a grandes rasgos.

Seguro que me diríais que he tenido suerte encontrando unas prácticas estupendas que empiezo mañana. Se trata de un trabajo que llevo un tiempo deseando, tanto por su entorno como por la actividad que en teoría acabaré desempeñando. (Digo en teoría porque, como todos sabréis, uno no sabe bien a qué se va a dedicar en un nuevo empleo hasta que empieza). 

Estoy encantada pensando que estamos preparando una propuesta para una gran empresa, con el fin de que patrocine un gran evento en Madrid. En serio, no podría ajustarse más a lo que sería mi trabajo ideal. ¿Me odiáis ya lo suficiente como para desearme lo peor? Ya veréis cuando esté hasta arriba tratando de compaginar el trabajo, los TFGs, las cuatro asignaturas en las que me he matriculado y las clases de inglés que imparto. Una delicia para cualquier cuadro de ansiedad dispuesto a adueñarse de mi estado anímico.

El caso es que de suerte nada, chicos. Para que lo sepáis mi currículo pasó absolutamente desapercibido hasta que decidí buscar una dirección de correo electrónico para dirigirme personalmente al departamento de recursos humanos. Yo creía que incluso con esta iniciativa habían desestimado mi candidatura por esto que digo siempre de que las Ciencias Políticas y la Sociología no son muy valoradas en este maldito país. Pues no fue así, tras un mes de desesperanza el equipo decidió contactar conmigo y me comunicaron su decisión justo después de tener la entrevista.

Con ello, lo que quiero decir es que pocas veces un mero CV llega al destino que deseamos: la contratación. Sobre todo si tenemos un perfil poco o nada definido por los empleadores del país. Así que mi consejo es: ánimo y perseverancia en la búsqueda de empleo. Y con respecto a las cartas de presentación (cover letters) os recomiendo que, si una vacante realmente os interesa, diseñéis un documento específicamente redactado con el fin de solicitar dicho puesto. En él lo mejor es señalar cuáles son las habilidades, logros y formación concretos que habéis desarrollado y que más ayudarían al desempeño de las tareas asociadas al trabajo.

Y eso es todo lo que puedo contaros por mi experiencia, espero que os sirva.

Por cierto, quiero que sepáis que en menos de tres semanas mi gordito y yo estaremos viajando a tierras escandinavas, a Estocolmo concretamente, para visitar a nuestro amigo Igor (al que amamos y echamos de menos).

Espero tener un huequito antes para el resumen del libro sobre el éxito que os comentaba, ¡putas escaleras!

Hasta pronto:







 Maca











18 de febrero de 2015

Largarse al extranjero o morir en el intento.

De nuevo estoy aquí con un mensaje de ánimo para todos vosotros (cáptese la ironía). 

El otro día (de hecho, ayer) estaba en clase cuando el profesor de "Nuevas formas de trabajo y cambios laborales" nos animó a permanecer en España, porque hemos de luchar para que la situación mejore y parece que esto último depende de nosotros en gran medida.

Pues bien, precisamente no es este espíritu altruista el que me motivaba hace un par de años a desear y afirmar lo mismo: que yo me quedaba en España. Porque, en realidad, el año pasado cambiaron bastante mis expectativas laborales. Cometí el error de salir al extranjero y comprobar lo que sucedía ahí fuera. Y fue entonces cuando me dí cuenta de la gran montaña de mierda que los jóvenes españoles estamos acostumbrados a ver e, incluso, a comernos.


Hace un par de años confiaba en que, tras acabar mi estudios de postgrado, encontraría un trabajo digno decente que probablemente surgiría a partir de las prácticas de máster o algo así, qué se yo. Aunque hoy en día ni siquiera he terminado mis estudios de grado (pero me falta poco, todo sea dicho), sí que siento cada vez que busco empleo que este entorno laboral español está minando mi ánimo y mis ganas de quedarme en el país. 

Hasta hace bien poco pensaba que cada uno tenía la obligación y podía sacarse las castañas del fuego, y no es que hoy no piense lo mismo, pero me da que si tiene que pasar no va a ser en el país donde los técnicos de Recursos Humanos rehuyen el talento cuando lo huelen.

Ayer, un avez más, vi uno de esos programas de "(gentilicio) por el mundo" y no era capaz de imaginar cómo serían las vidas de muchos jóvenes españoles si cambiasen de lugar de residencia. Incluso, me atreví a consultar una página de búsqueda de empleo internacional en la que una oferta afirmaba que haber cursado el Grado en Ciencias Políticas suponía una ventaja. ¿Os imagináis mi emoción al ver tal milagro? Resulta que esa parte de lo que estudio, que nunca jamás he visto requerida en ninguna oferta de ningún portal de empleo nacional, sí que es incluso un punto a favor para determinados puestos de trabajo en el extranjero. ¡Qué locura! Al menos por una vez, podré superar el primer paso del proceso de selección: mi currículum encaja en el perfil solicitado.

Así que este es mi mensaje resumido: echadle un par e inconformaos*. 

Largaos. Largaos al extranjero o morid en el intento.





*Le tomo la palabra inventada a Anxo Pérez, escritor de Los 88 peldaños del éxito y creador de 8Belts.




10 de febrero de 2015

El día que el PIC me hizo llorar.

Muchos de vosotros os estaréis preguntando quién demonios es ese PIC y por qué o cómo consiguió hacerme llorar. Otros tantos sabéis perfectamente de qué o de quién estoy hablando. Sí, vosotros, los carlistas (y no me refiero a los del siglo XIX). Vosotros sabéis quiénes son los del PIC y estoy segura de que también podéis imaginar cómo pueden sacarte las lágrimas hasta hacerte reducir la situación a la siguiente ✌:


Y también sabéis de sobra que los que se esconden detrás del mostrador son algo como...
Por si no se ve, es Red diciendo: "Ugh, people"

☠☠☠
Pero bueno, como no todos tienen la suerte y el honor de conocer la excelencia propia de la Carlos III y de sus empleados, os voy a contar cómo mi paciencia ha conocido límites insospechados en el último mes y cómo mi impotencia tomó el control de mis glándulas lacrimales ayer por la tarde. 

En primer lugar, esto que llamamos el PIC (que suena bien pijo, lo sé) en la Charlie no es más que la secretaría o el servicio de desayuda a los alumnos, profesores y otros. El PIC se compone de unas 87236492 personas que velan por nuestros intereses y que trabajan al unísono. Es decir, como uno sólo. Vamos, que el rendimiento de todos juntos no llega ni al de un sólo empleado corriente y moliente.

El caso es que yo quería un certificado oficial de mis notas, ¿sabéis? Pero resulta que, como estoy solicitando algunas cosas en el extranjero, necesitaba que fuera expedido en inglés. Así que, después de pedir online el certificado (porque, eso sí, tenemos unos medios telemáticos muy locos), envié un correo al PIC para comprobar que mi solicitud se había procesado correctamente y que figurase que quería el certificado en inglés. De hecho, resultó que no se había marcado esa opción pero por supuesto me contestaron que easy peasy, que ya me lo cambiaban en ese momento. ✍

Y vas tú, con toda tu fe en el servicio de la universidad, y te lo crees. Y claro, ya que pagas casi 30€ por la firma de la secretaría, pues quería también (es que quiero demasiadas cosas, pienso) que apareciesen mis notas del primer cuatrimestre en el maldito documento. Porque aparecería mi sobresaliente en Política y Comunicación y porque solicito plaza en un máster de Comunicación, sandeces. Y es que después de solicitar el certificado, en teoría, debes abonarlo en una sucursal y guardar el justificante para que se gestione la expedición del certificado a partir del momento en el que tú entregas el justificante de pago.

El caso es que llamé y llamé y llamé e incluso fui como tres veces a la famosa planta de arriba para hablar con el que podría ser el futuro presidente de la República Independiente del PIC. Quería saber si sería posible tener el documento en tan sólo seis días (en vez de siete), ya que el deadline de mi solicitud era muy próximo. Y todos me dijeron que esperase a que cerrasen las actas para entregar el justificante, porque estaban practicamente seguros de que lo tendría a tiempo. 

...

¡Pues sí! A pesar de que seguro que ya habíais presumido la incompetencia del PIC, estos sí que habían expedido el documento con la firma de la diosa del universo secretaria y todo. Así me lo comunicaron ayer por teléfono ☏, día último para entregar documentación para el máster. Así que toda convencida fui a la aplicación del máster y pagué los noventa y cinco euracos que cuesta que consideren tu candidatura en Sciences Po.
⚖⚖⚖


¿Que cómo me sentó cuando vi que estaba en español? No sé, supongo que el resto de alumnos que estaban por allí y presenciaron el show de mi reacción os lo pueden contar. Fue algo como:

1. Primero pasé por la fase de negación: "Bah, de coña. Seguro que hay una solución, rollo fotocopia de mis notas en inglés. No worries"

2. Larga espera para ver qué mierda le está contando este pobre a la máster comander del fondo de la oficina (a la que oía pero no veía).

3. No reacción ante la negativa de mi sugerencia. "No podemos poner la parte de las notas en inglés y la firma de la secretaria en español porque no es serio". ¿Perdón? ¿Y vuestra ineptitud sí es seria o cómo?

4. Silencio

5. Empiezo a llorar indignada mientras le digo al operario que me ignore.

6. Insinúa que tengo que pagar again por el certificado en inglés. WTF???

7. Grito

8. Me largo con el Certificado en español en la mano y sabiendo perfectamente que lo iba a tener que traducir y falsificar al llegar a casa.

En fin, toda una historia. 
 
No podía pasar de hoy sin dar a conocer esta situación por la que pasé ayer. 

Sé que muchos estaréis pensando que soy una mema llorica pero la impotencia es algo que no puedo ocultar. Resulta mucho peor sufrirlo, os lo aseguro.

✝ Muerte al PIC





31 de enero de 2015

Decide tu futuro en una semana.

¡Cuánto tiempo!

No os imaginás la cantidad de veces que he estado apunto de escribir una nueva entrada pero uno no puede elegir cuándo concertar una cita con la inspiración. Más bien, un día esta llama directamente a tu puerta y te pilla como te tenga que pillar (en mi caso, lo más probable es que en pijama), así es. 

De todos modos, tampoco creo que el estrés ni la saturación sean buenos amigos de la escritura o por lo menos de la de este blog. Estos días, a meses de la última entrada, algunos de vosotros me habéis recordado que leéis (o leíais) mis historias y no negaré que se me caen las bragas eso me encanta. ♥

En fin, resumidamente os cuento que he estado bastante liada. En estas fechas tengo que tomar algunas decisiones que pueden cambiar lo que termine haciendo el resto de mi vida. 

¡Por dios, que alguien me quite este peso de encima!


El caso es que es época de solicitar plaza en másteres y esas cosas, ¿sabéis? Y lo peor que te puede pasar es que seas la persona más indecisa del mundo (o la que más inquietudes tiene, que queda más bonico). Si queréis o si no, os cuento mis opciones para ver qué pensáis.

1. Mi opción uno (aunque no por ello diría que la favorita) es la de cursar dos años en el extranjero, en París para ser exactos y en mi universidad de allí, para concretar aún más. El programa sería en Comunicación y ya tengo las cartas de recomendación y toda la basura de documentación que piden for applying to it, you know? 

El caso es que si tenemos en cuenta que en Europa los grados son de tres años y los másters de dos, podríamos decir que con los cinco años y más de 300 ects que incorpora mi doble grado yo ya soy una postgraduada. ¿Qué se supone que voy a hacer ahora? ¿Estudiar dos año más y quasi doctorarme a nivel europeo? No, gracias. Sobre todo porque veo la mayor parte de mi futuro aquí, en España. No descartaría la opción de vivir en América del Norte pero me gustaría echar raíces y morirme aquí. ✈

En cuanto al money, este procedería de una beca de francesa, así que no supondría ningún tipo de desembolso (si es que la consigo, que no es nada fácil). Claramente este es un punto a favor que compensa algo la balanza de pros and cons.

2. La opción dos es la que más me cautiva hasta el momento (desde hace unas semanas y hasta este preciso instante, por lo menos). Se trata de un máster en finanzas, protocolo y otras disciplinas que siempre he querido estudiar (de hecho, ya lo hago por mi cuenta). Lo que más me gusta es que gracias al programa, está garantizado un año trabajando en el extranjero y sí, no lo voy a obviar, con un sueldo digno que aquí no abunda, la verdad.☆☆ 

Además, me encantaría que mi chico me acompañase en esta posible gran aventura, él ya lo sabe. En materia económica sería algo bastante asequible, puesto que también se trata de una beca de estudios.

3. Esta sí es la última opción y la última alternativa en cuestión de preferencias. Veréis, se trata de un programa alucinante en Comunicación Corporativa e Institucional. Me encanta, en serio, los profesores son de otro mundo. Desgraciadamente la economía pesa bastante, como unas veinte mil veces más que en otros casos. 

De hecho, pesa tanto que la balanza estalla en confeti.  °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸

 


En conclusión, no hay nada que pueda concluir. ¡Putas escaleras!
La idea es apostar por todo y esperar a ver qué sale. ♣